(TODO ESO OYES) Todo eso oyes es la historia de un hombre que se expresa a sí mismo reinventando su pasado y el de sus semejantes. Es un joven patagónico que entabla una larga relación epistolar con un amigo de su padre. Su afán imposible es escribir una novela que, paradójicamente, se va conformando con los episodios que narra en sus cartas. A lo largo de los años sus recuerdos derivan cada vez más hacia lo imaginario. Así es como consigue acercarse a la verdad esencial del pueblo que describe y de los hechos de nuestra historia a los que alude lateralmente.

Por su notable estructura, su perfecto equilibrio entre lo disparatado y lo dramático, Todo eso oyes mereció el Premio Emecé 88/89. El jurado estuvo integrado por Josefina Delgado, Isidoro Blaisten y Eduardo Gudiño Kieffer. 

De lo que la Griselda Flores le oyó decir al mar Pacífico

Te conozco, Griselda Flores, te conozco muy bien porque llegaste a este mundo mecida por mí. Por eso has edificado tu casa en el agua y, así como tu madre hacía conmigo, en el agua hurgas para vivir.

Tu único hijo se vino a buscarme, añorando mi horizonte y mis orillas de espuma, pero tu eres una renegada, Griselda; cambiaste mi tumulto y mi cólera por el agua hipócrita de esa laguna grande que pretende imitarme.

Conociéndome, elegiste primero los azarosos caminos del desierto y, ahora, el barro traicionero de ese mallín donde tu casa se inunda. A tu madre la recuerdo bien y respeto su memoria; ella sintió los dolores y la inminencia de tu nacimiento sobre las olas. Fue durante el trayecto que hacía todos los días desde Las Islas hasta Puerto de las Visiones, en su barcaza atestada de peces y canastos. 

También en un barco de madera, catorce años después, remontando aquel río que cruza las montañas, navegaste hacia tu boda.

Ibas con un vestido blanco, tejido por esa pobre madre que tuvo que venderte a Dionisio Rubini, dueño de un almacén de ramos generales en ese pueblo lejano y desconocido llamado Manos Vacías. Y lo hizo a un precio bastante conveniente, según su parecer. En esas regiones, las mujeres rubias y de costumbres civilizadas como las tuyas eran muy codiciadas, por lo menos no pasarías hambre.

Yo también lloré tu partida, aunque en ese entonces no imaginaba que sería para siempre.

Al atracar el barco y sonar los primeros acordes de la banda, dos gendarmes se acercaron y te ayudaron a descender, mientras tu futuro esposo se abría paso entre el gentío para recibirte.

En medio de los vivas y los aplausos de la gente se oyeron también esos comentarios procaces que nunca faltan y que Dionisio Rubini, emocionado, no escuchó. En cambio te ofreció galantemente su brazo y así caminaste con él, como en sueños, seguidos ambos por una comitiva de chicos y curiosos, hasta el salón del Gran Hotel manos Vacías que, en aquellos tiempos, lucía mejor que ahora.

Se encendieron luces distantes y comenzó la música. Las voces de los invitados, el tintinear de las copas y el calor suave que despertaba el vino en tu garganta te arroparon con brumosos ropajes. Era como un naufragio que te sepultaba blandamente.

Entonces, al son de las felicitaciones y los brindis, un jinete atropelló a todo galope entre la gente. Hubo gritos y corridas, tu agitaste los brazos arañando el aire. Muy rápido el desconocido se inclinó, te izó hasta su montura y después fue un tragar leguas y leguas de tiniebla. En ese momento supe que te perdía definitivamente.

Los cascos volvieron a la piedra y surgieron sombras de esas profundas oquedades. En los pueblos, las casas abrían fauces oscuras con sus livianas cortinas alzándose impúdicas al roce de la brisa, y aún hoy las mujeres desfallecen al recordar los ecos de tu huída.

Algunos dijeron que lo esperabas desde siempre. Otros, que sólo eran leyendas, vagas historias de espantapájaros y suspiros. Pero lo cierto es que sobreviviste a la belleza demente de aquellos caminos y al galopar oscuro del errático caballero que te hizo un hijo.

Ahora estás inquieta y te revuelves en la cama empapada por la fiebre. En tu delirio me convocas y me echas, pero yo soy tu marea y no tengo más remedio que volver. Siempre volver. Volver siempre.

(TODO ESO OYES, Emecé Editores)