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Nuestro jardín Nuestro jardín está separado del de los vecinos por un cerco bajo de madera, que ideó mi marido, y que a ellos nunca les gustó. Nuestros vecinos se ocupan personalmente del arreglo de su jardín. Cortan el pasto, podan, plantan, escarban la tierra, sacan yuyos, injertan y transpiran. Esto nos averguenza porque nosotros no poseemos esa voluntad de trabajo, ni deseos de dedicar tanto tiempo a esa maligna rutina. Por lo que, cada tanto, viene a casa un hombre llamado Gallardo, quien se ocupa de esos menesteres, y deja nuestro jardín impecable, más lindo que el de los vecinos. Todo lo que planta Gallardo, y en la época que sea, crece. Un misterioso radar le informa acerca de los caprichosos vaivenes del tiempo. Reconoce el anuncio de una nevada, del buen tiempo, de la seca. Para ello, este Sherlock Holmes del mundo vegetal, se sirve de indicios insólitos: żbajaron los loros del cerro Otto? Señal que viene una helada. Gritan los teros al amanecer: buen tiempo. Está muy florecido el arrayán: habrá mucha nieve el próximo invierno. Y así dictamina. Lo prodigioso es que estas predicciones se cumplen. Y nuestro jardín progresa al compás de esa mano sabia. En cambio a los vecinos muchas veces les fracasan sus experimentos de amateurs; o se atrasaron en plantar las godesias, o se apuraron a podar los rosales, o se helaron los bulbos de tulipán, o se resecaron las plantitas de frambuesas. Y ahí se los ve cabizbajos en furtivos conciliábulos. Nosotros también tenemos nuestros inconvenientes. El más grave es que dependemos del humor, y a veces hasta de las pasiones de Gallardo, quien suele pasar semanas sumido en una apacible borrachera. Es entonces cuando comprobamos, primero con inquietud, y luego con amargura, la frágil dependencia de nuestra condición. Mientras el jardín de al lado progresa casi marcialmente en el ir y venir de hormigas afanosas de nuestros vecinos, el nuestro decae implacablemente. Se multiplicaron los yuyos, la mosqueta invade, se caen los rosales trepadores sin guías que los sostengan, languidecen los canteros de conejitos y petunias, en fin, cunde el abandono, que se hace más notorio aún en la confrontación del pasto recién cortado y de las flores enhiestas del jardín de al lado. Para conformarme, mi marido decide cortar el pasto con la máquina manual que adquirimos hace tiempo (en un rapto de optimismo acerca de nuestras habilidades jardineras). Pero esta decisión siempre es tardía; el pasto está tan crecido ya, que la pequeña máquina resbala penosamente por encima sin llegar a cortar ni una miserable brizna. Podríamos pedir prestada la máquina eléctrica a los vecinos pero no lo hacemos por un problema de amor propio. La impotencia nos vence, y odiamos nuestro pujante jardín que no cesa de crecer desordenadamente. Entramos y salimos de casa sin mirarlo, y nos enfrascamos en nuestros libros y trabajos. Hasta que un día, milagrosa, inesperadamente, aparece Gallardo. Lo recibimos como a un rey, obedecemos todas sus indicaciones, y partimos a comprar plantines, arbustos, lajas y venenos. Conseguimos herramientas y nos sometemos dócilmente al yugo de sus ojos entrecerrados y de su brazo extendido que dictamina órdenes y soluciones. Nuestro jardín renace espléndido. Agradecidos aumentamos el sueldo de Gallardo. El jardín de los vecinos no tiene nada que hacer al lado del nuestro. Y ellos, ominosamente, como si intuyeran la derrota, han dejado de regarlo. Al atardecer nos sentamos afuera; del pasto recién cortado emana un vaho tierno y bienhechor. Pero los primeros días de nuestro jardín triunfante están siempre teñidos, para nosotros, de una vaga sensación de culpa.
(CONSPIRACIONES, Eudeba/Fondo Editorial Rionegrino) |