La que suscita fuentes I

Al principio yo no advertía la existencia independiente de la voz.

Suponía, con ese candor cómplice de la vanidad, que ella era mía, que me pertenecía y que por lo tanto yo la manejaba a mi antojo.

Pero un día, un silencio hostil me negó el acceso a lo extraordinario.

La tolerancia de las abyecciones cotidianas avasalló el territorio transparente y sonoro donde la voz y yo nos conjugáramos en juegos indecibles.

II

La voz interior fue como el agua, y así se acumuló en mí, capturada en un recipiente propicio que sólo le dio forma y volumen.

Entonces, el tiempo de la voz - agua fue la fertilidad, la porosidad, el riesgo de los desfiladeros y los descensos, donde ella buscaba su ubicación más exacta para irrumpir en torrentes o en suaves murmullos.

III

Hilos sonoros de entendimiento, tal fue el tiempo del agua.

Hasta que la amenaza constante de mis abismos, su atracción destructiva, su capacidad de retener y aislar fueron tan poderosas, que la voz sumergida en mis profundidades enmudeció.

De la árida sequedad que siguió a este evento nació el fuego.

(MATERIA VIVA, Editorial Schapire)