Dr. Jorge Eduardo Ramella

La medicina tiene un interesantísimo folklore: palabra que el diccionario define como el conjunto de creencias y tradiciones populares de una región o comarca.

No solamente nos vamos a referir a los mitos y actitudes, sino también quisiera destacar una serie de dichos y palabras que he oído en mis largos años de profesión, que ya casi no se escuchan debido a un mayor nivel cultural.

Nos ocuparemos de algo que concierne al sexo femenino, como es la menstruación, o mesturación o periódico o administración como así también los parientes del campo, doña Rosa, etc., todos términos familiares para aquellos que nos dedicamos a la ginecología.

En los países de habla inglesa se designa al menstruo con el eufemismo "curse", palabra que significa maldición. La actitud de muchas mujeres hacia este proceso provendría de más de 10.000 años de considerar la menstruación como algo maligno, ponzoñoso o impuro.

Plinio, en su Historia Natural, da una extensa lista de los daños que causa el contacto con una mujer menstruando: el vino se convierte en vinagre, se malogran las cosechas, mueren los retoños, se marchitan las flores, se desprenden los frutos, se empañan los espejos, se embotan las navajas, se enmohece el hierro, languidecen las abejas, abortan las yeguas, etc.

Algunas tribus primitivas creían que el mero toque o aún la vista de una mujer menstruando podrían envejecer repentinamente a un hombre, o debilitarle hasta impedirle luchar, o envenenar sus alimentos. En algunos casos se las confinaba a una choza menstrual, fuera del pueblo.

Este horror, ya lo vemos reflejado en la Biblia, la que dice: " El que se acostare con una mujer que padece la indisposición menstrual, descubriendo la desnudez de ella, ha descubierto su flujo y ella también ha descubierto el flujo de su sangre. Ambos serán extirpados de entre su pueblo". (Levítico 20:18)

Esta irreal actitud persiste en los primeros tiempos del cristianismo, donde se les prohibía a las mujeres penetrar en los templos sagrados mientras estuvieran menstruando.

Ciertos mitos y supersticiones sobre la menstruación perduraron hasta nuestros días: en algunos establecimientos de Francia, donde se trabaja con flores, no se permite que entren mujeres menstruando, o que se acerquen a la refinería de azúcar, ya que ésta podría ennegrecerse y aquéllas marchitarse; era muy común que no se les permitiera hacer una mayonesa, ya que ésta corría el riesgo de cortarse.

Con respecto al parto y al embarazo, existen actualmente un sinnúmero de creencias que se remontan al comienzo de la civilización y que aún están muy arraigadas en nuestro medio y en todo el planeta, ya que estos mitos no son solamente oriundos de nuestra zona, el folklore se ha ido dispersando por el mundo con el primer medio de transporte: las piernas, el caballo, las primitivas embarcaciones, el tam-tam, etc.

Es así como vemos costumbres similares entre los habitantes de Europa, la India, China o de toda América.

La tradición popular ha dado gran importancia al embarazo y al nacimiento el sexo del niño podría ser determinado en la concepción, con una tira de cuero marrón puesta en el bolsillo del hombre, con lo que se engendraría un varón.

La posición de costado, durante el acto sexual, del lado izquierdo, engendraría una niña y de la derecha para obtener un varón.

Unas de las tradiciones populares, más oídas en conversaciones de mujeres con respecto al embarazo, serían los antojos: o sea una marca en el bebé que siempre tiene como causa una acción, frustración o alguna emoción de la madre. De ahí el famoso dicho: "Los pecados de los Padres se ven reflejado en sus hijos". Esas marcas de nacimiento son el resultado de las ansias de la madre por comer algo especial, un susto o una sorpresa que se ha llevado la embarazada. La que si vio impedida, de comer frutillas o uvas, tuvieron hijos con manchas rojas o arracimadas, lo que no son más que angiomas cutáneos, formados por venas o arterias.

Otra recomendación que las madres les hacían a sus hijas embarazadas, es que no tejieran, en el transcurso del mismo ya que el hijo no podría enredarse en el cordón umbilical.

Con respecto al nacimiento, hay una creencia sumamente interesante y es que el parto se produce a la misma hora de la concepción. Y si el nacimiento no se realiza, tendrá que pasar otro día.

Para cortar los dolores del parto se ponía bajo el colchón de la parturienta, un instrumento filoso, un cuchillo, una tijera o una hoja de afeitar.

En algunas regiones era muy arraigada la costumbre de poner un sombrero negro de un hombre mayor sobre la cama, con lo que se aceleraba el parto, otras veces se colocaba el sombrero o la camisa del padre sobre el abdomen, con el mismo fin.

Para interrumpir las hemorragias producidas antes o después del parto, son muy comunes ciertas fórmulas verbales, dichas por personas que tengan poderes. Dichas fórmulas incluyen pasajes de las Sagradas Escrituras y el poder necesario para que ese pedido se cumpla.

Tuve noticia y lo constaté una vez lo del hombre hemostático, o sea la persona que influye para que no se produzca una hemorragia; una paciente en su primer parto tuvo una importante hemorragia, posiblemente por una fibrinolisis localizada.

En su siguiente parto, que fue en la madrugada, me presentan como primo un señor, de distinta condición social y edad que la del matrimonio; al instante lo relacioné con la eventualidad sufrida por la paciente en su primer alumbramiento, sospechando inmediatamente que esa persona fuera el hombre hemostático. Efectivamente luego de producido el parto, desapareció.

Un método empleado, sobre todo por los negros del sur de los E.E.U.U. para proteger a la madre y al recién nacido, es quemar la placenta, o salarla y enterrarla.

Una creencia popular en algunos países y que revela el poder de observación de la gente es de no dar aspirina para los dolores, de antes y después del parto; no hace mucho tiempo, se constató científicamente que la aspirina es anticoagulante y se la está empleando para la prevención del infarto de miocardio.

Hablando de coagulantes, una costumbre muy arraigada entre nuestros gauchos y soldados, era el uso de la tela de araña, para parar las hemorragias. En estos últimos años se comprobó que la saliva de la araña, con que fabrica la tela, posee una sustancia coagulante; la contrapartida de esta virtud estaría el peligro de inocular un tétano con el uso de esta práctica.

Una de las frases más poéticas, con alguna connotación filosófica, y una sutileza rayana en lo sublime, fue la expresada por un paciente, en el transcurso de su primera visita, relacionada con el orgasmo:

"Cuando siento el golpe de la naturaleza"... , vean la simplicidad de esta expresión, con todo lo que ello implica y donde se resume todo un acto con muy pocas palabras.

 

"Yo no creo en las brujas, pero que las hay, las hay". Este viejo dicho popular puede ser aplicado, para muchos de los mitos, recetas y creencias folklórica tan difundidas en toda la humanidad.

Gran cantidad de recetas populares fueron incorporada a la farmacopea médica, así como algunas prácticas realizadas por el vulgo tendrían su explicación científica y algunas otras fueron utilizadas con fines preventivos de algunas enfermedades.

Los conocimientos y prácticas sobre la salud demuestran muchas coincidencias entre lo popular y la medicina académica.

Uno de los tratamientos para el empacho consistía en tirar el cuerito de la espalda, o el pellejo y que aún sigue siendo practicado. Estudiado este método por pediatras norteamericanos, llegaron a la conclusión que con la tracción de la piel se romperían algunas terminaciones nerviosas, produciendo un reflejo a nivel del plexo solar, lo que aliviaría el malestar gástrico.

Otra forma utilizada por las comadres para curar el empacho, consistía en medir al niño con una cinta durante tres días, diciendo en voz baja una oraciones hasta que "se quebraba" el empacho.

Será por mucho recordada la famosa bolsita de alcanfor que se les colgaba o prendían con un alfiler, a los niños en edad escolar, especialmente durante las epidemias de poliomielitis que nos aquejaron en un pasado no tan lejano.

La aplicación de la panza de un sapo, sobre la mejilla, para el dolor de muelas, podrían reemplazarse más efectivamente con una bolsa con hielo y más práctico aún, sería consultar con el dentista.

Para el dolor de cabeza, son muy populares las rodajas de papa en ambas sienes, siempre y cuando no tengamos una aspirina a mano.

El hipo siempre fue motivo de gran preocupación, ya que en ocasiones puede llegar a ser una molestia grave; siempre asocio ese síntoma, con el Papa Pío XII, que lo sufriera durante meses antes de su muerte. Se consultó con cuanto especialista hubiese y también se utilizaron todas las medicinas de alternativas posibles, desde la gorra de vasco al revés. O la lana roja pegada con saliva en la frente.

La famosa cura del mal de ojo, consistía en verter 3 gotas de aceites en un plato con agua, donde el aceite debía unirse o no según el grado de ojeadura, "cortando" en cruz sobre el plato con unas tijeras.

Para la insolación nada mejor que hacer siete dobleces en una toalla y colocarla sobre la cabeza y a su vez poner un vaso con agua, invertido sobre la misma y exponerse al sol del mediodía, según dicen aquél debía hervir para su curación.

Son innumerables los métodos para curar las verrugas; uno de ellos consiste en tirar hacia atrás un grano de sal por cada verruga a sanar y nunca más volver a pasar por ese lugar. De palabra también son curadas por aquellos que tengan poder para hacerlo, en algunas ocasiones se les pone saliva de esas personas sobre las mismas; por ahora considero más efectivo consultar con un especialista de piel y él nos dirá tratarlas.

Rodajas de tomate e infinidad de otros métodos se han usado para el tratamiento de las quemaduras, lo ideal es el agua fría y concurrir a un centro especializado. Todas estas curas caseras, pueden llegar a ser peligrosas puesto que llegan por ignorancia a retrasar el comienzo del tratamiento a que deba someterse el paciente y que le permita su curación.

Se ha popularizado últimamente el uso de una cinta roja, en la muñeca en la mano izquierda y que según dicen es para evitar la envidia; en fin, la he visto colocada en algunas personas a las cuales en realidad no tendríamos nada por envidiarles.

Los calambres desaparecerían apretando un corcho entre los dientes, práctica muy popular entre los deportistas y como es inocua, me abstengo de hacer comentarios.

La culebrilla o herpes zoster, afección virósica que afecta el trayecto de cualquier nervio, era una enfermedad que para los viejos paisanos, sé contría por haber secado la ropa interior o de cama, sobre los pastos y haber pasado por encima de ellas una víbora. El tratamiento aconsejado era frotar la panza de un sapo vivo sobre la parte enferma; se afirmaba que el contacto con la culebrilla el sapo se desespera, enrojece y se hincha, muriendo al poco tiempo por el "veneno absorbido".

Otro de los tratamientos realizados por los expertos, es rodear la lesión con tinta china, lo que produciría un alivio de los dolores; pero hete aquí que la viveza criolla está también presente hasta en los curanderos, ya que ellos saben de acuerdo a la evolución de las vesículas, cuando va a disminuir o desaparecer la sintomatología dolorosa y es recién ahí cuando se deciden a realizar la marca con la tinta china.

Todo edema o hinchazón que apareciera en el cuerpo de una persona era llamado "pasmo", a éste se lo curaba con cataplasma, friegas o frotaciones y además con brebajes de distintos yuyos, con eso y "la ayuda del Espíritu Santo" conjuraba el mal y "atajaban el pasmo". De allí surge la frase que llega a nuestros días, lo que vendría a ser, detener un conflicto antes que pase a mayores; o sea "atajar el pasmo".

Sería interminable continuar sobre el folklore en medicina, he tenido que dejar para otra oportunidad la infinidad de mitos, recetas, tratamientos, conjuros, etc. Que varias personas amigas me han alcanzado.

Existen infinidad de términos médicos que puestos en boca de la gente, a los médicos nos resultan muy divertidos, esas transgresiones que se producen no siempre es por ignorancia, sino posiblemente por haber sido mal escuchados, no está en nuestro espíritu mofarnos de ello sino reírnos un poco todos juntos.

Qué médico no ha sido sorprendido por un paciente que le trae "su anali de materias fiscales" o el pedido que en la operación no le pongan las "ondas" (por sondas), refiriendo además que ya fue operado del "pendi" (apéndice) o que tienen un "vago" por el que no pueden mover la cintura (lumbago) o aún otros que "le llora el nene", hablando de las secreciones por el pene, producto de una blenorragia; en fin, no nos alcanzaría esta revista para seguir hablando sobre este tema.

Digamos como conclusión, que si bien el folklore en medicina puede aportar algunas enseñanzas y consuelos, que el médico a veces no puede brindar, también puede ser muy peligroso para la salud del individuo confiarse exclusivamente a este tipo de prácticas.

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